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Delgado, Lacalle, y la tentación de los políticos de controlarnos

Por Paula Barquet
PaulaBarquet

En el verano de 2014, Luis Lacalle Pou, entonces
precandidato presidencial, reunía un modesto 6% de intención de voto dentro del
Partido Nacional. En aquel momento yo trabajaba en El Observador y me
habían asignado la cobertura del postulante que no iba a ganar la interna, cosa
de que después de junio yo volviera a mis menesteres (temas de salud, sobre
todo) y el periodista que cubría Partido Nacional siguiera con el candidato
ganador. Lacalle, que enseguida interpretó el mensaje, nos dijo a mí y a mi
jefe del momento: “Si gano, quiero que siga ella”.

No era solo por orgullo: Lacalle también pensaba —sabía— que
iba a construir una relación de confianza con quien le siguiera sus pasos. Esto
es clave para el periodista que procura un buen manejo de información y acceso
a personas y situaciones, y claramente los políticos también pueden beneficiarse,
porque se supone que ellos quieren que la información que se difunda sea la
correcta, la verdadera. Sin embargo, la cercanía puede activar en el político
otra búsqueda: la tentación de controlar lo que se publica. Ese “aprovechamiento”, ya
veremos, a la larga no es más que un boomerang que se vuelve en contra.

Mis primeras notas sobre su campaña fueron inocuas y, para
él, estaban bien. Pero en la medida que él fue creciendo en apoyo y yo fui
ganando cancha y fuentes, empezaron a salir las que no le gustaban. Y
comenzaron las llamadas, los mensajes. A veces yo había cometido algún error,
pero me animo a decir que la mayoría de las veces él quería expresar su
molestia porque, sencillamente, no le gustaba lo que había salido. Sin embargo,
nunca me preguntó si alguien me mandaba. Nunca me dijo que lo provocaba con mis
preguntas o mis notas. Más bien eran intercambios en los que ambos
argumentábamos a favor de nuestras posiciones. Él me marcaba sus puntos, yo
defendía mi trabajo, y por ahí quedaba.

Una vez asistí a un evento organizado por varias mujeres
blancas, licenciado “Mujeres por la positiva”. A la crónica, en la que relaté los
detalles de la frivolidad que había dominado el evento de pretensiones
feministas, la titulé: “Las mujeres de Lacalle Pou”. Me pegaron por todos
lados, pero el protagonista solo me llamó para decirme que me quería aclarar
algo: “Esas no son mis mujeres”. Cinco años después eligió a algunas para
puestos importantes, pero ese es otro tema. Lacalle sabía que yo había hecho mi
trabajo, y que no podía —no debía— castigarme por ello. Otra
vez se enojó y mucho porque escribí que su madre lo aconsejaba. Era lo que me
habían dicho mis fuentes. Después de esa publicación me dejó en el freezer unas
semanas, pero no me dijo que me habían mandado ni me acusó de provocarlo.

Lacalle también me llamó una vez para decirme que le había
“encantado” una nota sobre su campaña luego de su triunfo frente a Jorge
Larrañaga. Cualquier periodista sabe que ese nunca será un elogio a nuestro
trabajo, por más bienintencionado que sea el comentario.

Lo cierto es que aquella experiencia de seguir los pasos de
Lacalle en su primera campaña me hizo testigo privilegiada de cómo un político
había aprendido los límites del vínculo con un periodista, por más confianza
que se hubiera construido. También yo aprendí sobre cómo llevar
profesionalmente esos vínculos, lo cual es sin dudas desafiante.

Tiempo después, siendo yo editora de política en El País,
decidí publicar algo que a él (ya presidente) lo dejaba muy mal paralizado, y lo pude
hacer sin pases de bizcocho. Aunque muy molesto con la situación de que se
hubiera grabado algo de lo que él no era consciente, no me trasladó culpas ni
osó desmentirnos. No quiso controlarnos. Y la tentación de hacerlo,
seguramente, la tuvo.

Esto, en un contexto de crecientes ataques a los medios y
pérdida de confianza en el trabajo que hacemos, es muy importante.

Destacar
el buen accionar del presidente en la hora de las críticas a individuo de sus hombres
puede sonar “raro”. A su vez, no descarto que Lacalle haya cometido algún error
de este tipo en otras ocasiones, o que lo vaya a hacer eventualmente. Pero lo
que relato pone en contexto y contrasta lo que debería ser lo común con lo que
no debería ocurrir nunca. Lamentablemente,
lo que Álvaro Delgado hizo en un día malo, como dijo él, al tratar de
amedrentar a una periodista joven y mujer por hacerle las preguntas necesarias,
no es infrecuente exterior de cámaras. No voy a hacer aquí caza de brujas, pero en
el ambiente periodístico todos o casi todos sabemos quiénes son los que
“llaman” y ejercen las famosas “presiones” (la mayoría de las veces,
directamente con los jefes), mediante distintos métodos según el medio del que
se trate y el color político con el que se lo asocie.

Es un boomerang, incluso cuando no haya una cámara prendida
que lo capte. Porque detrás de episodios como estos subyace la tentación de los
expuestos a arrepentirse que tienen las riendas de este complejo vínculo
político-periodista. Y tal vez lo que termine decantando sea cierta inseguridad
o incapacidad de convencer con argumentos.

Lo que sucedió está mal, no hay ni que decirlo. Pero,
además, es poco estratégico. Esta vez quedó grabado, pero ¿si no? ¿Qué efecto
creen que se acumula con comentarios como ese entre los periodistas, que nos
conocemos todos? ¿Qué tan buena táctica puede ser infundir algo cercano al
miedo en nosotros, que incidimos en la agenda y jerarquizamos las noticias? Si
los periodistas sienten esa presión, ¿se amilanarán o reaccionarán en el
sentido contrario?

Por último, la reiteración de estos incidentes puede ser
nociva también para quienes se proponen coger apoyos políticos. Algindividuos, los
de siempre, salieron a defender lo indefendible. Pero un buen candidato debería
aprender, entre otras tantas cosas, a mantener a raya esa inconducente
tentación de controlarnos.

Por Paula Barquet
PaulaBarquet

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